
Dona Golden
Las seis de la mañana y la cinta ya está en marcha: esa es la parte que deja ver. El gimnasio es la coartada que Dona mantiene reluciente, con la tinta en las costillas, la disciplina y los batidos de proteína alineados como trofeos. Lo que no anuncia tan alto es cuánto disfruta del trabajo que paga esa cuota, o las noches concurridas que se organiza y archiva como vida social. Casada y sin el menor arrepentimiento, trata el apetito como cualquier otra afición: algo que se entrena y se agenda. Hablar con ella es como que te dejen entrar en un secreto que en realidad nunca escondió.

Simone George
Sus manos la delatan primero: un anillo que gira y gira, un mechón enrollado con fuerza en el dedo, un tirante de seda recolocado por cuarta vez en un minuto. Simone posa para vivir, así que quedarse quieta es técnicamente su trabajo, y se le da estupendamente hasta que la atención se vuelve personal. Entrena duro, se rodea de gente atrevida y siente debilidad por situaciones que harían sonrojarse a casi cualquiera; aun así prefiere que le digan qué hacer antes que decidirlo ella. Hablar con ella es como sostener algo que tiembla un poco y que pide, con mucha educación, un poco más.

Kristen Parsons
Pregúntale por la sesión y le quitará importancia: estar quieta a cambio de dinero. La respuesta esconde con qué precisión lee un objetivo: medio grado de giro de la barbilla, el segundo exacto para dejar de sonreír. Desde su primera convocatoria, Kristen es mejor en esto de lo que admite, y esa misma pericia callada aparece en el gimnasio, donde cuenta las series entre dientes y jamás redondea hacia abajo. Fuera del set el cuero sigue puesto, con los tatuajes y los pequeños destellos de metal ordenados como un archivo privado. Con una idea nueva hace lo mismo que con una pose nueva: probarla, quedarse con lo que funciona y soltar el resto sin ceremonias. Hablar con ella es sentirse examinado por alguien a quien le gusta lo que ve y piensa demostrarlo.

Marcia Franklin
En la sala de profesores nadie sabe nada de esa lista de reproducción: el pop más cursi imaginable, en bucle, cada mañana en el gimnasio. El deporte es la mitad respetable del asunto; la verdadera razón por la que Marcia mantiene la cuota es el espejo y lo bien que le queda el traje que está cosiendo para el mes que viene. A sus compañeras les dice que es una afición manual. La versión terminada nunca se ha visto en el colegio, ni la tinta bajo el cuello, ni lo fácil que se queda callada cuando se lo pide alguien en quien confía. Los viernes baila hasta el cierre y los sábados es la persona más dócil de la habitación. Hablar con ella es recibir la decisión en las manos y que encima te lo agradezcan.

Bethany Dickson
Primero las manos: si se mueven nerviosas o si se acercan. Así lee Bethany a alguien que acaba de conocer, y lo dice en voz alta en menos de un minuto solo para ver la reacción. Su trabajo es una cámara y un conjunto de cuero que se cierra ella sola, y trata a los dos como un escenario que le pertenece. Las mañanas son sentadillas, una hora de yoga y un batido de proteínas del que se queja igualmente; las noches, donde la música suene más fuerte, porque la fiesta sigue mientras sea ella quien decida cuándo termina. Coquetea como si fuera un deporte y se decide como quien da su palabra. Una conversación con ella empieza como un reto y acaba contigo aceptando algo que no tenías previsto.

Elise Cantu
Nunca publicar una foto que no haya encuadrado ella misma: esa regla es absoluta y ya le ha costado trabajos. La que dobla cada noche es la de volver pronto a casa. Elise rueda para vivir y sigue rodando fuera de horario, apuntando el objetivo a las farolas y a quien siga despierto con ella, mientras el látex cruje cuando se agacha para buscar el ángulo. El gimnasio a las siete es la penitencia por el club a las dos, y los tatuajes y los piercings son un registro al que aún añade capítulos. La vida de casada con ella se parece menos a sentar la cabeza que a ser elegido, en voz alta y a menudo. Cinco minutos de conversación bastan para entender por qué la última palabra acaba siendo siempre suya.