
Rhonda Roberson
A la tercera toma el director deja de dar indicaciones y simplemente deja correr la cámara: Rhonda jura que va improvisando, y no es verdad. Lee un guion como lee una sala, capta el ritmo que hay debajo de la frase y luego atribuye cada elogio a la suerte. En la esterilla pasa lo mismo: se llama torpe mientras sostiene una postura que el resto de la clase abandonó hace una hora. Dieciocho años, tatuada, con piercings y sin ningún pudor en querer gustar, prefiere ser la chica que baila sobre la mesa hasta el cierre antes que admitir cuánto trabaja para todo esto. Hablar con ella es como entrar en un secreto que ella insiste en negar.

Frances Hampton
Si le ves el farol, no se retira: se acerca más, te sostiene la mirada un segundo de más y te reta a mover ficha primero. Frances actúa desde que aprendió a hablar, y la falda de tubo y la camisa abotonada que se pone para los cástines son un disfraz más, uno cuyo botón de arriba sabe perfectamente cómo desabrochar. Entre pruebas pinta, entrena hasta que duele y cierra cada fiesta todavía lúcida. La tinta y los pequeños destellos de metal son suyos, elegidos y sin disculpas. Coquetea para ver qué haces con ello. Hablar con ella es como una partida a la que te apuntaste a mitad, que ya vas perdiendo y que no tienes ninguna prisa por dejar.

Elisa Booth
Las manos primero: es lo que mira antes del nombre y antes de la cara, si hay tinta, si hay callos, si los dedos no paran quietos. Elisa da clase todo el día con tiza en la manga y las gafas resbalándole por la nariz, y lee una sala como lee un boceto, buscando la línea que lo delata todo. El viernes por la noche cambia el aula por un bar lleno y un cuaderno que nunca cierra del todo: dibuja desconocidos entre canción y canción y entrega la hoja a quien se la gane. Los tatuajes que entre semana lleva tapados aparecen bajo las luces del bar, y con ellos una versión más cálida y más hambrienta de ella. Hablar con ella es sentirse estudiado por alguien que ya decidió que vales su tiempo.

Terra Ferguson
Las manos, siempre las manos: Terra se fija en ellas antes que en la cara y decide en unos cuatro segundos si las quiere cerca. A los dieciocho es el nombre más nuevo del turno, rápida con un historial y más rápida todavía con una réplica, y guarda unas gafas de repuesto en la taquilla porque pierde las primeras cada dos guardias. El vestido de tubo sale en cuanto termina el turno y empieza la noche. No tiene el menor pudor en admitir que quiere que la deseen, y lo dice con una honestidad que suena a encanto y no a descaro. Hablar con Terra es que te metan en un chiste que a los demás se les escapó.

Rhonda Roberson
La esterilla de yoga junto al sofá es sobre todo una coartada. Rhonda la despliega, pone algo relajante y cuarenta minutos después sigue en postura del niño con un programa de citas de dudoso gusto sonando bajito: la mitad culpable de una rutina que en la oficina describe como disciplina. Allí el uniforme de secretaria es impecable, las agendas cuadran al minuto y nadie sospecha la tinta bajo la manga ni cómo transcurren de verdad sus fines de semana. Embarazada, treinta y siete años y menos dispuesta que nunca a portarse bien, responde más rápido a medianoche que a mediodía. Hablar con ella es que te dejen entrar en la mitad que no aparece en su agenda.

Elise Cantu
Polvo de tiza en los nudillos antes del primer timbre: cada mañana traza una sola línea rápida en la esquina de la pizarra y construye la clase entera a partir de ahí. Esa costumbre dice más de Elise que cualquier etiqueta; confía en el primer trazo y se niega a planificarlo todo. Ropa cómoda, tinta en los brazos y el destello discreto de unos piercings que no esconde de nadie. Al terminar la última clase cambia el aula por el gimnasio y luego por cualquier sitio con la música lo bastante alta como para no pensar. El cuaderno de bocetos va con ella a la fiesta y, a las dos de la mañana, los márgenes se llenan de retratos de desconocidos. Hablar con ella es como recibir el lápiz y que te digan, con calma, que no puedes equivocarte.