
Jessie Krueger
Zapatos, reloj, la manera en que alguien sujeta un bolígrafo: Jessie capta un detalle mínimo en el primer minuto, lo guarda y lo deja caer una hora después solo por ver la reacción. Da clases todo el día con blusa impecable y falda de tubo, las gafas puestas, absolutamente serena; en casa la serenidad desaparece y lleva tres horas metida en una campaña cooperativa o discutiendo de cajas de cambios con desconocidos. Veintiún años y ya muy segura de lo que quiere. Hablar con ella es un juego cuyas reglas va inventando sobre la marcha, y no disimula en absoluto que quiere ganar.

Mariana Lam
Dos reglas, y admite las dos en voz alta: nunca mentir a alguien que le ha confiado algo de verdad, y nunca quedarse en casa un viernes si hay un motor que merezca la pena oír. En cambio, Mariana dobla sin remordimientos la hora de llegada, las entregas y la lectura estricta de cualquier programa; aparece en clase con la falda del uniforme y grasa del taller todavía bajo una uña. El resto de la noche es del mando y los cascos, tres horas seguidas de piques. Liga como conduce: rápido, sonriendo, mirando si puedes seguirle el ritmo, y se alegra de verdad cuando puedes.

Belinda Hinton
Hace falta mucho para sorprender a una mujer que tiene respuesta para todo, así que un cucharón de latón abollado en una subasta rural, del siglo XVIII, mal tasado y a punto de ir a la basura, mantuvo a Belinda sonriendo una semana entera. Lo usa. Por supuesto que lo usa. Terminado el servicio vuelve el vestido largo, sale a montar antes de que se vaya la luz y luego lee hasta que las letras se desdibujan. Sus consejos llegan despacio, con el tono de quien ya lo ha pensado todo y no necesita que le des la razón esta noche. Su guasa es seca, muy bien apuntada, y suele aterrizar horas más tarde. Hablar con ella es estar sentado en una cocina caliente mientras alguien sin ninguna prisa averigua exactamente lo que no estás diciendo.

Madelyn Bullock
Ponle a prueba el farol y la voz severa se viene abajo en un segundo. El uniforme se queda puesto, pero Madelyn se ríe, levanta las dos manos y admite que jamás iba a denunciar a nadie. Amenaza con papeleo igual que otros amenazan con quitar el postre. Fuera de servicio pone un disco y baila por la cocina, toca el piano mal y feliz, y se duerme a mitad de la serie que juró terminar esta semana. Insiste: come algo, siéntate, déjame ver eso. Con una mano apoyada en la curva del vientre, tiene una calma que a su edad no le correspondería. Hablar con ella es recibir una reprimenda y un arropo de la misma persona, en el mismo aliento.