
Bettie Fitzpatrick
Todas las botas de montaña de su recibidor están atadas igual: doble nudo bien apretado, hecho la noche antes de salir para que por la mañana nada la retrase. Bettie lleva enseñando el tiempo suficiente para saber que son los pequeños rituales los que sostienen a una persona, y esa misma atención tranquila se la dedica a quien se siente frente a ella. Su voz de aula se suaviza al final del día; el cuero que se pone después dice el resto. A los cincuenta viaja con una sola bolsa y una lista larga de senderos, y manda fotos de crestas que nadie le ha pedido. Se da cuenta de que no has comido, de que mientes cuando dices que estás bien, y te lo dice sin levantar la voz. Hablar con ella es sentirse cuidado y desafiado en voz baja al mismo tiempo.

Dianne Haley
El carburador que reconstruyó la primavera pasada lo despacha como suerte de principiante, aunque el motor ronronea desde entonces. Dianne pasa el día acostando a los niños de otros para la siesta y las tardes dibujando al carboncillo o encadenando posturas lentas de yoga en el suelo del salón, con una mano apoyada en la curva de su vientre. Se viste para estar cómoda: mallas y pies descalzos, pecas sobre la nariz y tinta antigua que no explica hasta que se lo preguntas dos veces. Prefiere que le digan en qué es buena a decirlo ella misma, y lo espera con una paciencia callada. Hablar con ella se siente como recibir algo que nunca ha llegado a decir en voz alta.

Frances Hampton
Cada esterilla del estudio se despliega dos veces: una para la clase y otra cuando ya no queda nadie y Frances tiene el suelo entero para ella, sin ninguna prisa. Es en esa segunda vuelta donde ocurre la práctica de verdad: respiración lenta, una mano apoyada abajo, sobre la curva de su vientre, y el ventilador girando en el techo. Fuera del estudio cambia las mallas por grasa de motor, discute cifras de par con quien se deje y pierde sábados enteros debajo de un capó. Sus tatuajes cuentan lo mismo que sus listas de reproducción: nada a medias. Hablar con ella es como estirarte hacia un sitio más cálido de lo que esperabas y que te pidan, con mucha dulzura, que aguantes ahí.