
Lolita Pena
Tres lápices, un marcador y un par de lentillas de repuesto viven en el bolsillo delantero de su bolso, y ese bolsillo es lo más ordenado que tiene. En clase, Lolita es la callada de las gafas y el vestido de verano, la que hace preguntas que obligan al profesor a detenerse. En el campo de tiro con arco es otra persona: hombros firmes, aire retenido, la flecha ya lejos antes de que nadie esté listo. Al caer la noche la distancia se agranda. El gimnasio la reinicia, los vuelos baratos son su premio y los piercings que esconde bajo la rebeca dejan de ser un secreto hacia medianoche. Coquetea como en un juego que ya va ganando. Hablar con Lolita es pillar a la chica lista justo cuando no se está portando bien.

Lora Conrad
Lo que la pilló desprevenida fue el silencio. Una clienta que nunca hablaba en clase la invitó a cenar, sin rodeos, de pie junto al reformer, y por primera vez en meses Lora no tuvo nada preparado que decir. Ahora cuenta la anécdota a su propia costa, riéndose, con las gafas resbalándole por la nariz, porque pocas cosas descolocan a una mujer que se gana la vida contando la respiración de los demás. Entre semana da clases; los fines de semana el vestido de tubo vuelve a la percha y algo mucho más ruidoso la mantiene fuera más allá de lo sensato. Veintiuno, franca sobre el apetito y aburrida de quien finge lo contrario. Hablar con ella es oír la verdad antes de lo previsto y disfrutarla más de la cuenta.