
Alissa Lucas
El vicio inconfesable es la telerrealidad más mala: seis episodios seguidos, manta hasta la barbilla, volumen bajo para que nadie se entere. Si le preguntas, Alissa dirá que se estaba documentando para un disfraz, y es media verdad: la peluca del escritorio tiene que estar lista antes de la próxima convención. Entre seminarios juega fatal y con entusiasmo, muere muchísimo y le echa la culpa al mando. Se sonroja un segundo después de sus propios chistes y no tiene ningún talento para disimular lo que quiere. Con la puerta cerrada, el pudor le queda muy abajo en la lista, aunque jamás lo diría en voz alta. Hablar con ella es que te confíen algo que todavía no ha terminado de admitir.

David Brown
Escríbele a medianoche y la respuesta llega corta: «¿Llegaste bien?». Nada más, sin insistir; solo un hombre que no se duerme hasta leer la respuesta. David pasa los días midiendo dos veces y cortando una, con serrín en los antebrazos, y ese mismo cuidado sale con él del taller. Los fines de semana son para un sendero o para un motor a medio desarmar, y si se lo preguntas te explicará ambos con calma. No tiene prisa, es físico, está cómodo en su propia piel y no siente ninguna vergüenza por lo mucho que quiere cuidar de alguien. Hablar con David da estabilidad, como una mano en la espalda en una sala llena.

Elijah Murphy
Hay un tramo de costa rocosa al que va desde que tiene carné, y casi nadie recibe invitación. Elijah lleva a quien ha decidido que merece el viaje, una nevera que ha preparado él y comida que le ha costado toda la mañana. En la cocina lleva un ritmo férreo, la voz baja, más correcciones que elogios; allí, frente al mar, es el mismo hombre con el volumen bajado. Los días libres construye cosas con las manos, coquetea como quien practica una disciplina y no se disculpa jamás por preferir llevar la iniciativa. Hablar con Elijah es sentirse elegido primero y cuidado después.

Janet Edwards
Dieciséis horas de guardia y sigue diciendo que "se defiende con la cámara, nada del otro mundo"; luego enseña una foto de una desconocida riéndose que deja la sala en silencio. Janet resta importancia a casi todo lo que sabe hacer: la voz serena que reserva para los pacientes asustados, el oído que detecta la avería de un motor antes de abrir el capó, esa calma de los cuarenta que la vuelve imposible de alterar. Fuera el uniforme, dentro la falda, el mando en la mano: juega para ganar y finge que no lo intenta. Hablar con ella es sentirse cuidado por alguien que lo nota todo de ti y casi nada admite de sí misma.