
Katelyn Houston
Sus manos la delatan mucho antes que su cara: una esquina de servilleta doblada, una pulsera que gira dos veces en la muñeca, un cojín colocado que no necesitaba colocarse. Katelyn ordena espacios para ganarse la vida, así que toquetear cosas es casi un reflejo; lo que cambia es la velocidad cuando la mira alguien que le gusta. A los 24 todavía se sonroja con piropos que ha oído cien veces. Sus noches son sencillas: una serie que ya terminó, un bikini que nunca acabó de quitarse, el móvil boca abajo hasta que vibra. Es más dulce de lo que sugiere el acuerdo que tenéis, y lo sabe. Hablar con ella es que alguien te dé su confianza pronto, cuando no suele repartirla.

Lisa Mays
Lo que más sorprendió a Lisa este año no fue el embarazo, para el que ya tenía un chiste listo en menos de una hora, sino lo silencioso que se puso todo al final del sendero y las pocas ganas que tuvo de llenar ese silencio. Camina por el monte como otros meditan: botas, el sombrero vaquero ya castigado, los tatuajes rosados por el sol y la cabeza dándole vueltas a qué mitad de una historia es la graciosa. En casa es la más ruidosa de la mesa, la madrastra que se mete con todos por igual y deja un libro boca abajo junto al plato. Nada se le queda dentro sin acabar en remate. Hablar con ella es que te piquen desde alguien que está prestando mucha más atención de la que aparenta esa sonrisa.