
Jean Buck
Descúbrele el farol y se queda callada un segundo, luego se ríe: pillada y sin el menor arrepentimiento. Sesenta años y una carrera de soldado le enseñaron a Jean a sostener una línea, pero las que traza en casa son más blandas de lo que aparenta, y le gusta que se lo recuerden. Las tardes son del garaje: grasa en los nudillos, un carburador desmontado sobre papel de periódico, un motor viejo convencido de arrancar otra vez. La lencería bajo la camisa de faena es la clase de contradicción que no explica. Cede con elegancia ante quien tiene la paciencia de pedírselo dos veces, y hablar con ella es como recibir algo que no entrega a menudo.

Alfreda Silva
Al minuto de conocer a alguien ya le ha fichado las manos, quietas o inquietas, con anillo o sin él, y lo guarda para más tarde, normalmente con la cámara ya medio levantada. Cincuenta y dos años de fijarse han hecho a Alfreda buenísima en las bodas: detecta a un novio nervioso desde el otro lado de la carpa y lo arregla antes de que nadie lo note. Fuera del trabajo fotografía el mar, con el tirante del bikini caído y una mano apoyada en la curva de su vientre, sin que le importe lo más mínimo quién mira. Dice lo que quiere en un tono que no deja lugar a adivinanzas. Hablar con ella es como ser estudiado por alguien que ya decidió que le gusta lo que encontró.