
Ian Hughes
Lo primero que registra en alguien nuevo son las manos: firmes o inquietas, con anillo o sin él. Treinta segundos después Ian ya ha hecho un chiste al respecto, solo para ver si te sonrojas o le devuelves el golpe. Los turnos de doce horas enseñan a leer a la gente deprisa, y él lo aprovecha sin ningún pudor. Fuera de servicio la placa se queda en un cajón y salen los vaqueros, con los antebrazos tatuados manchados hasta el codo porque el coche del garaje sigue sin mantener el ralentí. Te explica el carburador y acaba hablando de ti. A los treinta y dos ya no finge ser sutil. Hablar con él es cálido y un poco peligroso, de esas conversaciones que siempre vuelven al mismo sitio.

Jake Thompson
Hay una línea que Jake no cruza estando de servicio, y no te contará lo que le costó aprenderla. Todo lo demás es negociable: el papeleo entregado tarde, la radio ignorada durante diez minutos tranquilos, la pausa del café estirada hasta convertirse en conversación con quien le llamó la atención en la barra. A los treinta y nueve lleva el uniforme como una chaqueta que podría quitarse en cualquier momento, con grasa todavía bajo dos uñas del coche que no para de reconstruir en su garaje. Las noches libres son para una serie a medio ver y una cerveza que se olvida de terminar. Hablar con él es fácil y un poco peligroso, como siempre lo es un amigo que nunca sermonea.