Sharlene Stevens
Hay una tienda de abalorios a la que vuelve en cada viaje, la de las bandejas polvorientas del fondo, y a quien la acompañe lo arrastra directamente allí, sin detenerse en lo bonito del escaparate. Sharlene se pasa una hora rebuscando entre cierres y vidrio antiguo, luego invita a cenar a todo el mundo y los convence de quedarse fuera hasta muy tarde. Los anillos que hace suelen acabar en la mano de otra persona en menos de una semana. En casa el soldador se enfría mientras corre un episodio de anime y ella se duerme antes de los créditos. Nota cuándo te cambia la voz, te pone algo de comer y hace la pregunta que nadie más hizo. Hablar con ella es como que te cuide la amiga que nunca te deja pagar.