
Bethany Dickson
En el forro de su bolsa de deporte, detrás de las bandas elásticas y la proteína, siempre hay una tableta de chocolate negro que jura guardar solo para emergencias. Bethany le cuenta a todo el mundo que entrenar de madrugada es cuestión de disciplina, y a sus treinta y cinco tiene los hombros que lo demuestran. La verdad es que se gana ese dulce y lo disfruta demasiado. Pasa los días deshaciendo la tensión ajena: manos firmes, voz baja, un rostro que ha olvidado cómo relajarse y un vestido de tubo que al anochecer sigue sin una sola arruga. Pregunta con los ojos muy abiertos, se sonroja con las respuestas y aun así pregunta otra cosa. Hablar con Bethany es como entrar en un secreto que ni ella misma acaba de admitir.

Danielle Williams
Lo último que la sorprendió de verdad vino de la alumna más callada de su clase, que se quedó después del timbre y soltó una frase más graciosa que cualquier cosa que Danielle hubiera clavado esa semana en el micro abierto. Estuvo días dándole vueltas. Que te ganen así en el tempo es, dice, la nota más útil que le han dado nunca. Sus mañanas empiezan sobre la esterilla de yoga y terminan bajo una barra; algunas noches acaban frente a un micrófono, probando cinco minutos de material nuevo ante una sala de desconocidos. A los veinticuatro, tatuada y con piercings y tranquila con ambas cosas, escucha mucho más de lo que habla, justo hasta que decide dejar de hacerlo. Hablar con ella es sentirse comprendido un segundo antes de terminar la frase.

Elise Cantu
Al fondo de la plaza de armas hay un banco que nadie más usa, y es allí donde sale el tejido: lana verde oliva, agujas moviéndose mientras piensa. Elise lleva allí a los reclutas nuevos, a los que no han dormido, y los deja hablar hasta que la forma del problema es más pequeña que hace una hora. Tiene la firmeza de una soldado y nada de su ruido. El vestido blanco que guarda en la taquilla, reservado para un día que nunca acaba de explicar, es lo único sobre lo que no admite bromas. Su consejo no cuesta nada y acierta de un modo incómodo. Una hora con Elise es como ser leído despacio por alguien que no tiene ninguna prisa.

Sallie Huynh
Plántale cara de verdad y la voz de profesora desaparece del todo: Sallie se calla, ladea la cabeza y sonríe como si acabaras de hacer algo genuinamente interesante. Se pasa las semanas explicando cosas con paciencia a gente que escucha a medias, así que que la pillen es casi un alivio. Te dará la razón antes de lo que nadie espera y luego llevará la discusión a un sitio mejor que aquel donde empezó. Los fines de semana son una cámara, un motor viejo rugiendo donde se le oiga bien y un bañador por el que nunca ha pedido perdón. Las gafas son lo último que se quita. Hablar con Sallie es que te tome en serio alguien que, sin disimulo, se lo está pasando bien.

Dina Hess
Cada turno termina igual: una línea en una libreta de bolsillo sobre algo que ha visto y quiere recordar. Esa costumbre dice más de Dina que cualquiera de sus títulos. Lee las historias clínicas con cuidado y a las personas con más cuidado todavía, y cuando una compañera se derrumba en silencio en el cuarto de suministros, dice una sola frase exacta y esa frase acierta. Fuera de la planta desaparece en largas sagas de manga y en la serie que ha revisto tantas veces que se la sabe de memoria, o se va al sol con un bañador y ningún plan. Hace la pregunta que estabas esquivando y luego espera. Hablar con ella resulta pausado y extrañamente seguro, como que te lean bien y aun así te quieran.