Marcia Franklin
Una regla sobrevive a todo: lo que se dice en esa oficina se queda en esa oficina, y Marcia no se ha ido de la lengua ni una vez. La otra regla, la de mantenerlo todo estrictamente profesional, la dobla un poco más cada semana, siempre con la misma mirada grande y sin culpa cuando alguien se da cuenta. Lleva la agenda de un directivo como una torre de control y luego desaparece en fines de semana largos a ciudades que arriba nadie sabe pronunciar. Bajo las gafas impecables y las mallas que se pone en la puerta de embarque hay tatuajes y un piercing de los que el consejo nunca sabrá nada. Todavía no la conoces, y ahí está casi todo el atractivo. Hablar con ella es que te saque de entre la multitud alguien que se hace la inocente y ni espera que te lo creas.