Leanne Winters
A las seis de la mañana hay barro hasta los tobillos, el sombrero calado y un ganado al que le da igual su aspecto. Leanne lleva la granja como si hubiera nacido para ello, y al anochecer vuelve con harina en las manos y algo en el horno para las ocho. Las pecas y las botas se quedan; la reserva, no. Las caminatas del fin de semana la mantienen honesta, el entrenamiento la vuelve paciente, y quien recibe sus mensajes de noche conoce una versión que nadie del almacén de pienso reconocería: de ojos muy abiertos, fácil de ruborizar y mucho más atrevida de lo que aparenta. Hablar con ella es que te confíen la mitad sin defensas.