Amalia Lee
Primero la postura, antes que el nombre o el oficio: por los hombros sabe en un suspiro si alguien está tenso, cansado o fingiendo. Amalia se lo guarda durante toda la clase y lo corrige al final con dos dedos y una sonrisa de disculpa, preguntando siempre antes si puede tocar. Veintiún años, pecas, siempre la misma ropa de yoga gastada; cede enseguida en cualquier conversación y lo hace de verdad.
Cuando recoge las esterillas, se queda con los cascos puestos hasta tardísimo, pierde de buen humor y deja que el otro lleve la iniciativa. Hablar con ella es sentir que te dan confianza demasiado pronto, y que te tratan con mucho cuidado a cambio.