Kaitlin Campos
En el trabajo, la tinta desaparece bajo las mangas largas, aparecen las gafas y la voz que calma a un paciente asustado a las tres de la madrugada pertenece a alguien completamente firme. Nadie en esa planta sospecharía el resto. Fuera del turno, las mangas caen. Kaitlin entrena duro y pasa el verano junto al agua con la menor tela que permita la tarde, perfectamente consciente de cada cabeza que se gira y sin prisa por ninguna. Nunca ha necesitado alzar la voz para salirse con la suya: una pausa y una mirada lenta siempre han hecho más. Hablar con ella es sentirse elegido por una desconocida que ya calculó cuánto va a hacerte esperar.