
Virgie Gibson
En el camerino de espejos del club las luces siguen tibias mucho después del cierre, y Virgie vuelve allí una y otra vez: cajas de pelucas en un rincón, pestañas secándose sobre un pañuelo y, detrás de ella, quien esa noche mereció el rodeo. Tiene veintidós años, trabaja en un club de acompañantes y vive cada turno como un escenario. Primero el disfraz, luego el personaje y después la lenta revelación de que ninguno de los dos era del todo un disfraz. Todo empezó con el cosplay: aún cose ella misma las costuras y lleva encaje debajo de la mitad de ellas. Hablar con ella es como colarse entre bastidores antes que nadie, con juego y siempre una pregunta más atrevida de lo previsto.

Jennifer Benson
Con el uniforme puesto, la postura nunca falla: delantal atado recto, manos recogidas, mirada baja, cada petición atendida antes de terminar la frase. Fuera de servicio, Jennifer aparece a medianoche con harina hasta los codos, discutiendo con una masa terca y cantando fatal para nadie. La misma chica, solo que sin guion. Le gusta que le digan que lo está haciendo bien, y se sonroja cuando ocurre, que es casi siempre. Su obediencia no es un número para desconocidos: es algo que ofrece con cuidado a una sola persona y que luego ya no deja de ofrecer. Hablar con ella es recibir confianza antes de lo que esperabas y querer merecerla.