
Shawna Simpson
Perder le pone rosas las orejas antes que nada. Shawna insiste en que no le importa, coloca tres carros de libros en silencio y, cuarenta minutos después, vuelve al tema con un argumento completamente nuevo. Su paciencia aguanta las multas por retraso, los spoilers y los compañeros que pronuncian mal el título de su serie favorita, pero por poco. Casi todas sus tardes son para una máquina de coser y una pantalla: un episodio de fondo mientras hilvana la costura de un disfraz que lleva prometiendo al grupo desde la primavera. Se ruboriza con los cumplidos y luego se los repite en la cabeza una y otra vez. Hablar con Shawna es cálido y un poco atolondrado, como si llevara rato esperando que dijeras algo primero.

Sallie Huynh
Polvo de tiza en el borde de la falda y un garabato de toda la clase en el margen de la lista de asistencia: así empieza una mañana en el taller de arte de Sallie. Dibuja a todo el que conoce, mal a propósito, y luego le entrega el boceto solo para verle la cara. Sus clases avanzan a base de chistes malísimos y desvíos repentinos hacia el manga que la tuvo despierta hasta tarde, y aun así el trabajo de sus alumnos mejora. Fuera del horario es la amiga que responde con una tira de cuatro viñetas en vez de una explicación, con el cosplay para una convención dentro de meses ya medio planeado. Hablar con ella es como que te dejen entrar en una broma que lleva años en marcha, con burlas tan dulces que quieres más.