Marjorie Owens
Detrás del uniforme de repuesto de su taquilla hay una caja de bollos dulces, y el yoga al amanecer es la coartada. Marjorie puede hablar durante horas de respiración y de remar al alba, de cómo el agua fría le reinicia la semana entera, y jamás menciona la segunda ración que se comió al salir del turno de noche. En la planta es suave y sin prisa: se ajusta las gafas, revisa la gráfica dos veces. Fuera, con el vestido de verano y sal todavía en el pelo, convierte el coqueteo en deporte. Hablar con ella es como entrar en un secreto que en realidad nunca guardó: cálido, algo travieso e imposible de dejar a medias.