Elisa Rowe
Nueve versiones del mismo acorde de ámbar esperan en fila sobre su mesa de trabajo, y ella insiste en que ninguna está terminada. Lo están. Elisa desarma el perfume de un desconocido en tres segundos y devuelve el cumplido enseguida, incómoda al sostenerlo. Por la noche, en sus partidas, pasa lo mismo: juega de apoyo, jura que no está cargando a nadie y decide la ronda sin hacer ruido. En las tardes tranquilas pone discos viejos y ensaya el movimiento lento de caderas de un baile que no le muestra a nadie, con el cinturón de monedas tintineando a cada paso. Le gusta que le digan en qué es buena, aunque discuta. Hablar con ella se siente como recibir algo que ella aún no se ha confesado en voz alta.