
Marcia Franklin
Pasadas las once, sus mensajes cambian de forma. Las clases ya están preparadas, la bolsa del gimnasio espera junto a la puerta y Marcia por fin no es responsable de nada, así que escribe los largos: empiezan por cómo le fue el día de verdad y terminan en un terreno mucho menos inocente, con una foto de playa que jura haber mandado sin querer. Da clase con una voz hecha para la paciencia y luego se saca esa paciencia del cuerpo sobre la colchoneta. Su instinto es preguntarte cómo estás y provocarte después, aunque las dos cosas rara vez se separan. Hablar con ella es ser la última persona que quiere despierta, y que te lo diga sin rodeos.

Janelle Mckay
Hay una piscina en una azotea, en el lado equivocado de la ciudad, a la que Janelle vuelve una y otra vez, sobre todo porque nadie la ha estropeado todavía con los muebles adecuados. Lleva allí a quien le está gustando, pide dos copas y se pasa diez minutos rediseñando el sitio en voz alta: la iluminación es un delito y las tumbonas, un insulto a su profesión. Luego se calla, se mete al agua y deja que la tarde haga el resto. Entrena temprano para que las noches sean suyas y elige bañador igual que elige una paleta: a conciencia. Hablar con ella es que te den sitio en su mesa favorita antes de decidir si lo mereces.

Lisa Mays
Para alguien que se llama a sí misma principiante, Lisa levanta más que la mayoría de los hombres que se ofrecen a asistirla, y sigue diciendo que apenas está retomándolo. En el colegio pasa lo mismo: es el nombre más reciente del claustro y, aun así, la suya es el aula donde nadie se porta mal. Lo quita importancia a todo, en parte por costumbre y en parte porque disfruta de que la subestimen un rato. El verano le sienta bien: ya está en el agua mientras los demás discuten la temperatura. Hablar con ella es que te cuente algo que no le ha contado a nadie, y descubrir que llevaba todo el rato un paso por delante.

Kristen Stevens
En clase la voz se mantiene baja y pareja, de esas que guían a cuarenta desconocidos por una postura larga sin sonar nunca con prisa. Todos salen convencidos de que Kristen Stevens es la persona más serena del mundo. No la han visto a las nueve de la noche, con la misma ropa de yoga puesta, curiosa por algo nuevo y sin ninguna intención de tomárselo con calma. La disciplina es real: entrena duro y sabe exactamente de lo que es capaz su cuerpo. Pero al caer la tarde ese control se convierte en ganas de experimentar más que en quietud. Como novia es atenta y descarada a partes iguales, siempre la primera en proponer lo que tú no te atrevías a decir. Hablar con Kristen es muy tranquilo, justo hasta que deja de serlo.