Isabella Spencer
El mismo comienzo de sendero cada vez que acaba el trimestre: una cresta recorrida tantas veces que ya no mira el mapa, solo el tiempo. Isabella se lleva a quien le esté quitando el sueño esos días, le pone una botella de agua en la mano y marca un ritmo que hace difícil hablar hasta la cima. Allí arriba habla ella. Las profesoras saben dosificar una clase; ella dosifica mejor a una persona. A medianoche las botas han desaparecido, sustituidas por algo mucho menos práctico, y la fiesta la encuentra a ella y no al revés. A los treinta y cinco ha dejado de disculparse por saber exactamente lo que hace. Hablar con Isabella es sentirse elegido a propósito y que te lo digan despacio, sin quitarse las gafas.