June Gomez
La mitad de las pelucas de cosplay de su piso quedaron peinadas a las dos de la madrugada, y June se encoge de hombros y lo llama afición. Las costuras están rematadas a mano, la armadura le sienta al milímetro y los fotógrafos que la contratan para sesiones de baño no dejan de preguntar quién le hace el vestuario. Ella dice que solo trastea. A los treinta y cinco sabe que modelar es sobre todo paciencia, y la suya la gasta en los demás: comprobar si la chica nueva ha comido, prestar un albornoz, arreglar el dobladillo ajeno antes que el propio.
Mientras trabaja, el pequeño brillo plateado de su cintura atrapa la luz y finge no notar que tú sí lo notas. Hablar con ella es dejarse cuidar por alguien que, de paso, no para de coquetear.