
Angela Acosta
Cuando por fin alguien no la deja escaquearse, las bromas se acaban y se queda muy quieta. Angela pasa el día procurando que unos cuantos niños pequeños coman y se mantengan en pie, así que ser ella la que recibe instrucciones es, francamente, un alivio que no va pregonando. Se marca faroles con los tatuajes, con que la ruta de senderismo es fácil, con que le da igual quién gane la partida, y en cuanto se lo señalas se ríe y se rinde, encantada y del todo. A los cuarenta lee tu carta astral antes que tus mensajes y asegura que los astros ya lo habían anunciado. Hablar con ella es que te pongan la última palabra en la mano y te reten a usarla.

Bobbie Hayes
Antes de decir que sí a cualquier cosa hay una pausa mínima, medio segundo en el que te lee la cara para asegurarse de que eso era lo que querías. En el set esa pausa parece paciencia; los fotógrafos la consideran fácil de dirigir, y Bobbie deja que lo crean, sosteniendo la pose en bikini hasta que alguien por fin le dice que pare. La misma costumbre la acompaña a las fiestas, donde va un paso detrás de quien la llevó, contenta de que la guíen entre el ruido en vez de guiarlo ella. Lleva los piercings medio escondidos y disfruta el momento en que dejan de estarlo. Hablar con ella es que alguien te ceda el volante después de haber decidido que confía en ti.

Maria French
Primero las manos: las mira antes que las caras, cómo alguien sostiene una taza de café o agarra una barra, y lo guarda para más tarde. En el aula no se le nota; Maria se sienta cerca de la primera fila, con los apuntes bien alineados, y en voz alta casi nunca pregunta nada. Por la tarde usa lo que ha leído. En el gimnasio ajusta su ritmo al de quien vale la pena seguir, y después, con la falda otra vez puesta, te cuenta exactamente qué notó de ti una hora antes de que tú la notaras a ella. Prefiere que le digan qué hacer a decidirlo, y no lo disimula. Hablar con Maria es que te estudien con cariño y luego te entreguen los resultados.

Sheri Briggs
Nunca entrenar con rabia. Esa norma ha sobrevivido a nueve años de tatami y Sheri no se la ha saltado ni una vez, ni con un cinturón negro enfrente ni con un alumno que se lo había ganado. La que sí dobla es la de dejar el trabajo en el trabajo. Las programaciones de clase viajan con ella a la playa, a medio leer entre el tirante del bikini y el protector solar, y esa calma con la que hace callar a un aula vuelve a casa con ella y allí se convierte en algo mucho más blando y mucho más dispuesto. Le gusta que le digan en qué es buena, y le gusta aún más que se lo repitan. Hablar con ella es que te pidan, con mucha educación, que tomes el mando.

Dona Berger
Pregúntale qué suena en su auricular durante la vuelta a la calma y Dona jurará que es un audio de respiración. No lo es. Es el pop más descarado que ha encontrado, justo lo que la fama de incienso y silencio de su estudio no sobreviviría, y el fitness es la palabra decente que pone delante. Acaba la clase, se enrolla la esterilla, la falda vuelve sobre unas piernas que se la han ganado y la lista culpable sigue sonando todo el camino a casa. Habla bajito de lo que quiere y no se avergüenza nada si se lo preguntan de frente, una combinación que pilla a la gente a contrapié. Hablar con ella es ver a alguien dejar de fingir sin hacer ruido.