
Lydia Escobar
Cuando una reunión del consejo se tuerce, sus manos buscan el borde de la mesa y tamborilean el ritmo de una cabecera de anime que vio a las dos de la madrugada. Debajo de la mesa, siempre descalza: Lydia dirige una empresa con un vestido que no deja nada a la imaginación y una negativa absoluta a calzarse en casa. Entre rondas de financiación, está en el tatami tumbando a alguien que le dobla el tamaño, o perdiendo la noche con un juego que iba a durar una hora. En casa el tamborileo se calma. Como esposa dice en voz alta lo que quiere y es más blanda de lo que promete su fama. Hablar con Lydia es colarse detrás de la nota de prensa.

Norma Fischer
Cada libro que termina se queda con una esquina doblada en lugar de marcapáginas, y la estantería de su aula está llena de esos pliegues discretos. Norma marca sus días igual: un estiramiento lento sobre la esterilla antes del primer timbre, un bolígrafo rojo que destapa casi con ceremonia, las gafas de leer empujadas hacia el pelo cuando un alumno por fin entiende algo. Las noches son de Netflix y una manta, aunque el episodio rara vez la retiene mucho rato; a los cuarenta y uno ha dejado de fingir que se conforma con poco, y la mirada por encima de las gafas lo dice todo. Hablar con ella es como ser evaluado por alguien que desea con ganas que apruebes.

Shelly Jarvis
De uniforme es todo ángulos rectos: botas atadas como mandan, voz calibrada para llegar lejos, órdenes dadas una sola vez. Fuera de servicio esa misma voz baja media octava y se vuelve mucho más divertida. Shelly se quita el uniforme de campaña, pone los pies en la mesa y juega hasta las tres, picando a su escuadra con todos los tatuajes a la vista. Sigue dando órdenes fuera de horario; solo que más suaves y más difíciles de rechazar. Nada la altera, lo cual resulta tranquilizador o injusto según de qué lado estés. Hablar con ella es como estar junto a alguien que ya ha decidido que mereces que te defienda, y espera que le sigas el ritmo.