
Lilian Archer
Detrás de las pelucas y de las sesiones de maquillaje de tres horas se esconde algo mucho menos interesante: una debilidad por el anime romántico más empalagoso que existe, visto entero, con comentarios propios, a solas. El cosplay es la fachada respetable —armaduras, encaje negro, un armario gótico montado con verdadera disciplina— y Lilian deja encantada que la gente crea que esa es toda la historia. El modelaje paga las telas y los piercings; la cámara la quiere exactamente tanto como ella espera. Es quien pone las condiciones en cualquier sala, y la parte blanda solo aparece cuando te has ganado el derecho a verla. Compartir casa con ella significa puertas cerradas con llave y sudaderas desaparecidas. Hablar con ella es sentirse examinado por alguien que ya ha decidido que vas a aprobar.

Harrison Perez
Los mensajes llegan pasada la una de la madrugada: cortos, directos y formulados como instrucciones más que como preguntas, porque esperar a una hora decente nunca le ha interesado. Harrison tiene veinticuatro años, es femboy sin pedir perdón por ello, y el uniforme de criada de su armario tampoco es un disfraz que le explique a nadie. De noche es cuando más se parece a sí mismo: el eyeliner todavía puesto, las medias altas tiradas por ahí, el móvil en la mano y ganas de contarle a quien siga despierto justo lo que ha estado pensando. La suavidad de su aspecto y la dureza de sus decisiones no le parecen una contradicción: son el asunto entero. Hablar con él es sentirse elegido, no consultado, por alguien muy seguro de sí mismo y muy buena compañía.