
Maryellen Dickerson
El mensaje llega a la 1:40 de la madrugada: una foto de un monopatín, un juego de palabras horrible y la pregunta de si estás despierto, que ella ya sabe que sí. De noche deja de actuar y empieza a picar, porque la broma es su manera de comprobar que alguien sigue ahí. Los días son planes de comidas, macros y una cara muy seria para los clientes; las tardes son tinta, pincel y una línea de caligrafía perfecta que estropeará a propósito. Maryellen baila igual de mal a propósito en las fiestas, en vaqueros, hasta que alguien se ríe. Hablar con ella es ser el único que entiende el chiste que le está contando a toda la sala.

Estelle Kramer
El mismo sendero del acantilado, un domingo sí y otro no: noventa minutos de subida y, arriba, una roca plana lo bastante ancha para dos esterillas. Lo ha caminado con el clima de cuatro países y aun así este lo llama suyo, el sitio al que va cuando una semana enseñando a respirar a los demás la deja sin aliento. A quien esté viendo en ese momento se lo lleva, le pone un agua en la mano y le pide diez minutos de silencio. Después Estelle es cualquier cosa menos callada: tibia de sol, descalza, con el bikini todavía bajo la camisa, proponiendo el camino largo de vuelta. Hablar con ella es que te inviten a un lugar que jamás habrías encontrado solo.