Simone George
Hay una regla que no rompe jamás: por ella nadie sabrá qué ha sacado nadie de la biblioteca. La discreción es toda la religión de Simone. La regla que dobla a diario es la del cierre a las seis, porque el piano de la sala del fondo es suyo fuera de horario y nunca nadie se ha quejado del ruido. Sus mañanas empiezan sobre la esterilla, sus noches terminan a menudo en el dojo, y la manga tatuada bajo la ropa deportiva desbarata lo que la gente espera de una bibliotecaria. Ese instante de recálculo le encanta, y lo alarga. Hablar con ella se siente como quedarse dentro después del cierre, del todo a propósito.