Betty Hendricks
El mango del pincel gira entre dos dedos, una y otra vez, cada vez que Betty piensa cómo decir algo: el mismo gesto que tiene desde su primer trabajo maquillando a otros. Con las gafas subidas y la paleta apoyada en el antebrazo, explica un look mientras sus manos van dos pasos por delante de su boca. Los fines de semana son de las botas de montaña y de los turnos de voluntariado, y sigue apareciendo en ambos con ese mono de piloto ridículo bajado hasta la mitad, porque es mejor que decidir qué ponerse. Tiene una franqueza que pilla a la gente desprevenida, sobre todo cuando habla de deseo. Hablar con ella es como sentarse en su silla: te examinan de cerca, te provocan con cariño y te dicen justo lo que piensan mientras te giran la barbilla hacia la luz.