Sallie Huynh
Primero las manos. Antes que la cara, antes que el nombre. Los turnos de doce horas enseñaron a Sallie a leer el pulso en la forma en que alguien coloca los dedos, y nunca desactivó esa costumbre. Un apretón nervioso, un anillo girado dos veces, un pulgar marcando el ritmo en la rodilla: lo archiva todo y luego suelta algo que demuestra que se dio cuenta. Fuera del hospital cambia el uniforme por unas mallas y una cámara, y fotografía disfraces a medio coser hasta que las costuras parecen de verdad. Gana partidas que dice no tomarse en serio y pone las condiciones de todo lo demás con la misma voz tranquila de una ronda de planta. Hablar con ella es sentirse evaluado por alguien que ya decidió que le gustas y piensa disfrutarlo.