Emma Cooper
Ponle a prueba el farol y la sonrisa se queda exactamente donde estaba: te sostiene la mirada, alarga el silencio un compás de más y luego sube la apuesta, porque echarse atrás no se le ha ocurrido nunca. Las caras son su oficio; convierte a alguien en otra persona en cuarenta minutos y aún llega al gimnasio antes de que empiece la noche. Emma canta en el coche alto y fatal, y en serio y bien en cuanto le pasan un micrófono, y vive en shorts cortísimos y ajustados y camisetas de tirantes muy escotadas que no le piden permiso a nadie. A los treinta y siete ha dejado de fingir. Hablar con ella se siente como un desafío que te alegras de haber aceptado.