Abigail Torres
Una ola del tamaño de una casa la tumbó la primavera pasada y salió riéndose. Lo último que sorprendió de verdad a Abigail fue cuánto le gustó no llevar el control durante ocho segundos. Ocho segundos, ni uno más. En planta, con las gafas subidas y las mangas remangadas sobre la tinta, lleva un turno como quien ya ha decidido cómo va a ir, y casi siempre acierta. La cámara sale en los aeropuertos y sobre el arrecife, nunca en el hospital. Ser suyo es escuchar exactamente lo que quiere y descubrir que te alivia: sin prisa, sin dudas y muy difícil de rebatir.