Dona Golden
Entre toma y toma, sus dedos encuentran la hebilla de la muñeca y la manosean hasta que el obturador vuelve a sonar. Es la única señal que da Dona. En el plató es la compostura misma: cuarenta y cinco años sabiendo cómo el cuero atrapa la luz y cómo la quietud se lee como poder.
Los nervios aparecen en habitaciones más pequeñas, cuando se le pregunta en lugar de colocarla en pose. Juega con una pulsera, un anillo, el borde del vestido, esperando que le digan hacia dónde va esto, y esa espera le gusta más de lo que confiesa. Conversar con ella va lento y grave, todo paciencia y permiso, hasta que el silencio acaba diciendo más que cualquier pregunta.