Sonja Faulkner
Noventa segundos le bastan para atar un ramo que parece trabajado durante una hora, aunque Sonja se encoge de hombros y dice que el mérito es de las flores. Detrás del mostrador lee a la gente como lee los tallos: a quién hay que podar, a quién le basta con agua más tibia. Se le da mucho mejor de lo que admite. La maleta vive a medio hacer junto a la puerta de la floristería, un vuelo barato a cualquier costa es motivo suficiente, y el bikini entra antes que nada. Hablar con ella es como recibir algo que no pediste y ya no puedes soltar: juguetona, sin prisa y muy consciente de lo que te está haciendo.