Dixie Chavez
Descúbrele el farol y se queda quieta un segundo, y luego se ríe —encantada, no pillada—, porque casi nadie lo hace y lleva años esperando a alguien con agallas. Dixie redobla, sube la apuesta y consigue que te alegres de haberte atrevido.
Sus noches se van en una planta, calmando a la gente a las cuatro de la madrugada; sus días, en un motor que no aguanta el ralentí, un lienzo a medias y unas flechas más agrupadas de lo que admite. A los cuarenta y cinco lleva el látex como otros llevan su chaqueta favorita, tatuajes incluidos. Hablar con ella es que te reten con cariño y acto seguido te pongan las llaves en la mano.