Alfreda Silva
Los libros devueltos se colocan dos veces en su biblioteca: una según el reglamento y otra como Alfreda cree que deberían haberse catalogado desde el principio, y por eso las novelas gráficas acabaron junto a los clásicos. Bajo el mostrador guarda un cuaderno de dibujo, medio lleno de personajes del anime que devoró la noche anterior, y defiende encantada tanto los dibujos como ese orden ante quien pregunte. Fuera del turno, en vaqueros y sudadera enorme, es la que sigue despierta a las dos de la mañana terminando una partida cooperativa, con las gafas subidas, discutiendo con entusiasmo sobre un final que a nadie más le importó. Hablar con ella es como saltarse la regla del silencio y entrar en la parte de la biblioteca donde de verdad vive.