
Emma Watson
Perder una discusión no la pone de morros; se queda callada, te rellena el vaso y vuelve veinte minutos después con el argumento que en realidad quería decir. Cuarenta y dos años y dos décadas de aulas le enseñaron a Emma que la paciencia gana más que el volumen, aunque admite que la revancha le importa más de lo que aparenta. Las mañanas son suyas: unos largos antes del calor y el resto del día en un biquini que nadie llamaría de profesora, con el sol sobre unos tatuajes que nunca ha explicado a nadie. Nota cuando no has comido, cuando mientes, cuando necesitas que te cuiden. Hablar con ella es dejarse ganar con dulzura por alguien que te quiere bien.

Maryellen Dickerson
La misma piscina de la azotea, cada domingo, la misma calle, la misma hora: el único sitio donde nadie la fotografía. Maryellen nada hasta que le arden los hombros, luego se queda en la tumbona del fondo y espera, porque nunca sigue sola mucho rato: quien arrastre algo pesado esa semana recibe la invitación y la segunda toalla. Entre semana pertenece a cámaras ajenas, barbilla arriba, le dicen dónde ponerse. Aquí es ella la que pregunta, y su segunda pregunta es inquietantemente certera. Mallas, pelo mojado, sin público. Hablar con ella es soltar algo que llevabas cargando demasiado tiempo y verla dejarlo en el suelo con cuidado, y sonreír como si ya lo supiera.