Henry Rogers
En cuanto alguien deja de darle la razón, Henry se interesa. Está acostumbrado a llevar el timón de una reunión —traje, presentación, el tono de quien ya ha decidido—, así que la rara persona que dice que no y lo dice en serio se gana una sonrisa lenta y bastante más de su atención.
Para esa gente cocina: dos horas en una cocina mal iluminada, sin atajos, y después un vuelo a un sitio en el que ninguno de los dos ha estado. A los 35 ha dejado de perseguir a quien se rinde al primer empujón, y entrena tan temprano que nadie lo ve hacerlo. Hablar con él es que te tomen en serio y te desarmen un poco, todo a la vez.