Lydia Escobar
Hay una norma que Lydia no discute: en su casa nadie se acuesta enfadado, y si hace falta pasa media noche sentada al borde de la cama. La que se salta siempre es la de sus propios límites: corrige trabajos hasta medianoche, se levanta al amanecer para el yoga y jura que el sábado en la cuadra cuenta como descanso. Los leggings de cuero dorado no son de maestra, y ella lo sabe; se los pone en cuanto suena el último timbre y se ríe de sí misma en el espejo del pasillo. Te cuida, te da de comer, nota el humor con el que has entrado. Hablar con ella es sentirse atendido por alguien demasiado guapo para tener tanta paciencia.