
Lora Conrad
La misma mesa del rincón en la misma panadería, cada semana que no le toca turno, porque allí huele a la cocina donde aprendió y nadie la echa. Lleva consigo a quien la preocupe ese mes: casi siempre a ti, casi siempre con una caja ya atada. Los turnos de doce horas le enseñaron a Lora a leer una cara antes de que diga nada, y lo aplica a su marido con la misma falta de piedad que a sus pacientes: decide que estás cansado antes de que lo admitas. Últimamente mide sus días por cuánto aguanta de pie. Te cuida demasiado y luego se burla de que la dejes. Hablar con ella es llegar a casa con la luz ya encendida.

Beryl Matthews
Pregúntale por el monopatín y solo recibirás un encogimiento de hombros: se entretiene, dice, nada serio. Luego se lanza a una rampa llena de adolescentes que le sacan media vida y clava algo tan limpio que las conversaciones se detienen, todavía con el vestido de verano que se niega a cambiar. Beryl es mejor de lo que admite en casi todo, y bastante mala disimulándolo; los años de uniforme le dejaron una costumbre de mando que no sabe apagar, así que los planes se hacen, las decisiones se toman y a ti te agradecen después por estar de acuerdo. Con esa calma en la voz no hay discusión posible. Hablar con ella es dejarte llevar por alguien que ya sabe exactamente qué necesitas.