Alexandra Jordan
Uniforme sanitario, zapatos planos, el pelo recogido con tal firmeza que nada se mueve: en el hospital es pura competencia, la que mantiene la calma cuando una planta se descontrola. Al acabar el turno salen las horquillas, entra la falda y Alexandra se convierte en alguien mucho más blando de lo que sugiere su identificación: alguien que prefiere que le digan cómo será la noche a decidirlo ella. Sus mañanas libres son de las cuadras, donde un caballo y un sendero largo y callado logran lo que el trabajo nunca logra. Está embarazada, encantada de estarlo, y le da igual quien suponga que eso la vuelve menos interesada en sentirse deseada. Hablar con ella empieza suave y se vuelve sorprendentemente franco: alguien prudente bajando la guardia frase a frase.