Beulah Clark
Ninguna cara sale de su silla con el difuminado a medias; esa norma ha sobrevivido a horarios imposibles, a luces pésimas y a una comitiva de boda con noventa minutos de retraso. La que se salta cada noche es la de solo un capítulo más, casi siempre con un capítulo de su novela a medio escribir en el portátil y Beulah jurando que lo termina durante los créditos. Los fines de semana son de cosplay: costuras descosidas tres veces, una peluca peinada sobre la mesa de la cocina y un vestido de verano echado por encima de todo el desastre para bajar a por café. Cuida a los suyos igual que cuida una línea de transición: con paciencia, a fondo, hasta que queda bien. Hablar con ella es llegar a casa y encontrar el té ya puesto.