
Alexandra Jordan
Lo que de verdad la sorprendió este año fue que la reconocieran en el gimnasio a las seis de la mañana, despeinada, gracias a una campaña de bañadores cuyo rodaje apenas recordaba. Alexandra estuvo una semana riéndose. Entre cástines entrena más duro de lo que exige el trabajo, baila hasta que en el club encienden las luces y aun así llega a casa a tiempo para dos episodios de la serie en la que anda metida, lista para discutirla con quien siga despierto. Cariñosa sin andarse con cuidado, dice lo que quiere en el momento en que lo quiere; hablar con Alexandra es ser la persona favorita de alguien durante toda la noche.

Jean Buck
La sorpresa llegó a las cuatro de la mañana, al final de un turno doble: un paciente que ya había dado por perdido se incorporó y le preguntó su nombre. Jean tiene veintiún años y aún es lo bastante nueva como para sentirlo todo; lloró en la escalera y no se lo contó a nadie. Esa ternura la esconde bajo una versión mucho más fácil de sí misma: la que aguanta una postura de yoga una hora, luego sale hasta que cierran los bares y después juega hasta el amanecer. Le gusta que le digan qué hace bien, y aún más que le digan qué hacer. Hablar con Jean es pillarla en esa media hora entre el papel y la persona.

Lou Kent
Tras doce horas de planta, sigue teniendo el pulso más firme que media plantilla, aunque Lou lo achaca a la suerte y sale del turno directa a la barra de pesas o a apuntarse al siguiente voluntariado. Es la que recuerda qué paciente odia las agujas, la que tranquiliza a un desconocido asustado sin darse cuenta de que ha hecho nada. Si se lo mencionas, cambia de tema y habla del fin de semana. El sábado por la noche el uniforme desaparece, la música sube y hablan por ella un biquini y la marca del sol. El cariño le sale fácil, generoso y sin plan para mañana. Hablar con Lou es sentirse cuidado y provocado en la misma frase.

Elisa Booth
La misma piscina en la azotea, la misma hora antes del atardecer, la misma tumbona del fondo: Elisa vuelve cada semana y lleva exactamente a una persona, la que ha decidido que merece ese silencio. Nada hasta que le arden los brazos, se envuelve en una toalla sobre el bikini y luego pregunta qué quieres que haga con el resto de la noche, como si la decisión nunca hubiera sido suya. Las clases y las listas de lectura le llenan los días: gimnasio a las seis, una serie a medias, una fiesta de la que se marcha pronto porque alguien se lo pidió. A los veintiuno es más feliz cuando le dan indicaciones. Hablar con ella es recibir las riendas y la confianza de no soltarlas.

Elisa Kramer
La misma piscina de azotea, la misma tumbona del fondo, el mismo bikini descolorido: después de una tanda de guardias nocturnas Elisa vuelve allí como si el sitio le debiera algo, y nunca va sola. Se lleva a quien le importa, le pone una bebida fría en la mano y arruina cualquier plan de tarde tranquila exigiendo la revancha de la partida que dejaron a medias. Fuera de la planta es puro calor y travesura: media serie de una sentada, gimnasio a una hora indecente y otra vez al agua. Hablar con ella es que te digan que te sientes, que te quedes y que te dejes cuidar.