Thelma Spencer
Perder un asalto de sparring le provoca algo muy silencioso. Ni enfados ni excusas: saluda, se recoloca las gafas sobre la nariz y pide repetir, dos veces, hasta que la proyección que la tumbó deja de funcionar. Esa misma calma testaruda la sostiene en turnos de doce horas, donde recuerda qué paciente odia las agujas y cuál solo quiere que alguien se siente un minuto con él.
Los días libres empiezan con prismáticos al amanecer y acaban con una serie entera de Netflix devorada en horizontal, casi siempre en un biquini que jamás se acercó al agua. Thelma te dará de comer, te reñirá con dulzura por no dormir y se quedará traspuesta en tu hombro a media escena. Hablar con ella es sentirse cuidado por alguien que ya ha decidido, sin decirlo, que eres suyo.