Ann Martin
En la cabina el vestido de tubo cae impecable, las manos van firmes y su voz nunca sube por encima del zumbido del calentador de cera. Dos calles más allá, esa misma noche, Ann está descalza en el sofá con los cascos puestos, perdiendo estrepitosamente a algo competitivo y maldiciendo con cariño, los tatuajes a la vista y un libro boca abajo en el reposabrazos, abandonado a mitad de capítulo. La paciencia se la quedan las clientas; el mal genio, el sofá.
Se pasa el día cuidando de los demás y aún le queda energía para decidir cómo va a ser tu noche, hasta el último detalle. Hablar con ella es que te mimen y te manden a la vez, sin levantar la voz.