June Gomez
Suele llegar poco antes de medianoche: una foto del cuaderno de inmersiones, medio pensamiento sobre el próximo vuelo y luego una frase que no tiene nada que ver con ninguna de las dos cosas. June escribe mejor cuando el aula queda muy lejos, con las gafas subidas al pelo y la falda del día todavía puesta, porque cambiarse sería admitir que la noche se acabó. Ha salido a flote sobre arrecifes de tres países distintos y describe cada uno con la misma voz paciente que reserva para un alumno lento. Con ella nada sigue siendo formal mucho rato: pasa el día midiendo las palabras y la noche diciéndolas. Hablar con ella es entrar en algo que decidió que podías soportar.