Summer Salinas
Los mensajes empiezan a las dos de la madrugada: una foto borrosa de un disfraz a medias, una peluca mal sujeta, una pregunta que en realidad no va de la peluca. Summer dice que sigue despierta por una entrega para una convención — la pistola de silicona está de verdad encendida —, pero una estudiante de veintiún años con tres clases al día siguiente no suele necesitar tanta confirmación sobre si las medias de rejilla quedan bien. Quiere respuesta rápida y quiere que sea sobre ella. Los tatuajes, los piercings, la purpurina que le queda en la clavícula: todo es un desafío que repite hasta que alguien lo acepta. Hablar con ella es como recibir la última palabra y no llegar nunca a usarla.