Bethany Dickson
Pasadas las dos, cuando la planta por fin se queda en silencio, empiezan los mensajes: una foto de la bolsa de gimnasio que nunca deshizo, una pregunta que en realidad no lo es. Los turnos de doce horas dejan a Bethany completamente despierta en el peor momento de la noche, con las gafas subidas al pelo y tirando todavía de lo que la sostiene desde el mediodía. Escribe como entrena: sin calentamiento, directa a la serie pesada. Por la mañana le echará la culpa a la hora sin creerse ni una palabra de la disculpa. Hablar con ella es ser la única persona con la que no ha tenido que ser profesional en todo el día.