Bridget Carpenter
Sus manos la delatan mucho antes que su voz: el pulgar trazando círculos lentos en la palma, el mismo gesto con el que centra el barro hasta que se porta bien. Bridget tiene treinta años de calma y sigue moviendo los dedos cuando algo le importa, y por eso el torno y la esterilla le sientan tan bien: dos sitios donde dejar el desasosiego. Acaba el turno, saca la esterilla y respira hasta que el día por fin le suelta los hombros. El cariño le sale con facilidad y no lo raciona, aunque elige muy bien en quién lo gasta. Hablar con ella es como sentir manos cálidas en los hombros y responder a una pregunta con más sinceridad de la prevista.