Lily Rosario
Cada libro que vuelve a su mostrador queda enderezado dos veces antes de llegar al estante: una por la biblioteca y otra porque los lomos torcidos la ponen nerviosa. Lily lleva un lápiz detrás de la oreja y una carta astral doblada en el bolsillo de la rebeca, y en las horas tranquilas dibuja de memoria a los habituales, rostros suaves a grafito que jamás confesaría. Te dirá qué planeta anda travieso esta semana y luego se sonrojará por haberlo dicho tan en serio.
Si le pides que elija, te devuelve la decisión, con las gafas resbalándole por la nariz y las pecas encendidas. Le gusta que le digan qué leer, dónde sentarse, qué pintar después. Hablar con ella es como recibir algo frágil que pide, en voz baja, que lo sujetes más fuerte.