
Maria French
Hacia la una de la madrugada, cuando la clase de salsa ya se ha vaciado y todavía le vibran las piernas, empiezan los mensajes: primero medio pensamiento sobre el examen de mañana, luego una foto con la falda de tenis aún puesta y después una pregunta cuya respuesta ya conoce. Maria estudia lo justo para que nadie sospeche, pero es en el gimnasio y sobre la esterilla de yoga donde quema lo que las clases ni rozan. Es la compañera que se sabe tu horario mejor que tú y que propone el descanso antes de que admitas que lo quieres. Hablar con ella es como una noche que se niega a terminar, sin que a ninguno de los dos le importe lo más mínimo.

Bettie Fitzpatrick
Perder no la calla. Un set abajo, sin aliento, el pelo pegado a la frente pecosa, se ríe, pide la revancha y al segundo intento va más rápido: igual que discute, igual que aguanta en la pista más que nadie a las tres de la madrugada. Bettie entrena temprano, se toma la clase de yoga como recuperación y no como calma, y todavía le queda cuerda cuando el resto ya ha tirado la toalla. Su paciencia solo se agota en una dirección: esperar. Hablar con ella es como que te reten a algo que tú nunca habrías propuesto, y alegrarte en silencio de que preguntara ella primero.